Este frío matador que se deja caer por estos días en Santiago, me recuerda la infancia. La infancia y los primeros años de colegio. Esa época donde las máximas preocupaciones que existían en la cabeza era jugar y qué maldad realizar. Y el invierno era una de las estaciones adecuadas para concretar algún pecado inocente.
Cada despertar de un día de lluvia estaba acompañado con un lagañoso ¿me podré quedar en cama?. En mi caso, la complicidad materna posibilitaba concretar esas regalías. Sobre todo algún día de la semana donde el ausentarse de las salas de clases no influía
Se me hizo eterno el cruzar Ahumada desde la Alameda hasta Compañía. Antes, ese tramo lo completaba en pocos minutos. Quince con caminar fluido, 20 con interrupciones realizadas por la luz roja del semáforo. Pero esa vez sentí que avanzaba poco. Y es raro porque veía que las personas que caminaban en sentido contrario a mí, pasaban rápido. Mi andar rápido quedaba graficado con la fuerza con que el aire golpeaba mis mejillas. Estaban rojas de recibir esa violencia fría e invernal. Me sentía excitado. Podía oler mi humedad que era expelida por mis poros. Quizás la percibía más fuerte
(Leer más)En la oficina somos pocos. Siete, según me reprende el acta laboral que está sobre mi escritorio. Tres mujeres, tres machos y un indeterminado. Nosotros formamos el área de recursos humanos de la empresa. Pasemos lista. A ver.
De las chiquillas, la primera que está en el documento es la Nacha. Se llama María Ignacia Labarca, pero acá le decimos la Nacha. Tiene el puro nombre ABC1, porque de caracho es más bien cercana al proletariado que al liderazgo empresarial. Figura en el acta como recepcionista, pero "debido a necesidades de la empresa" su trabajo ha decantado a
Siempre tuve posters de él. Empapelaba la pieza con su cara. Había algunos con foto tipo carnet, otros de cuerpo entero. Algunos en plena acción, dominando la pelota como quien se cambia de ropa. Para él era una práctica habitual. Era fácil correr con la bola pegada al pie, hacer amagues cósmicos o brindar estelas futbolísticas que hacían delirar hasta al cemento del estadio.
La barra brava lo idolatraba. Yo era uno de ellos. Recuerdo que decidimos juntar dinero para hacer un lienzo con su rostro. Un homenaje por las alegrías dadas y una muestra palpable de que ya se
Recuerdo claramente el olor que tomaba su cara después de aplicar las antiguas máquinas de afeitar. Nada de after shave ni espuma especial. Sólo abundante jabón alimentado con agua y que tomaba vida gracias a un hisopo. Recuerdo el olor que tomaba el baño cuando, con sus enormes pulmones, echaba a volar los globos transparentes creados por el jabón.
Recuerdo claramente el olor de sus manos cuando jugábamos fútbol con una dura pelota de goma. Él se ponía al arco y yo, inocente niño de ocho años, lo hacía volar de palo a palo como si fuera un eterno joven.
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