Recuerdo claramente el olor que tomaba su cara después de aplicar las antiguas máquinas de afeitar. Nada de after shave ni espuma especial. Sólo abundante jabón alimentado con agua y que tomaba vida gracias a un hisopo. Recuerdo el olor que tomaba el baño cuando, con sus enormes pulmones, echaba a volar los globos transparentes creados por el jabón.
Recuerdo claramente el olor de sus manos cuando jugábamos fútbol con una dura pelota de goma. Él se ponía al arco y yo, inocente niño de ocho años, lo hacía volar de palo a palo como si fuera un eterno joven.
Recuerdo claramente cuando volvía del trabajo. Olor a grasa, olor a plata, olor a tercera velocidad, olor a beso en la frente. En los veranos, olor a transpiración disimulada con espasmos de agua lanzados con su mano. En el invierno, olor a humedad combinado con el cansancio que no impedía una jornada de diversión y acompañamiento en la cena.
Recuerdo claramente el olor a playa, a arena, a mar y a Quintero. Recuerdo claramente el olor del barquillo y del cuchuflí veraniego saliendo de sus manos.
Recuerdo claramente el olor de la manilla del taca-taca intentando evitar algún gol mío, y esa paternal carcajada que daba a entender la diversión que disfrutábamos.
Pero ahora esos recuerdos son reemplazados por claveles, gladiolos, azucenas y el olor a silencio, tranquilidad e intimidad que da una sepultura.
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